martes, 8 de noviembre de 2011

Partir




Por: José Silva


   El “¡No!” fue brutal, rústico, cruel, rebelde. Habría movido los cimientos; reactivado algún paro cardíaco. Mi carne se había modificado e hinchado por la tortura ejercida en mi interior. La daga que el destino clavó en lo más hondo de mi ser, removió la herida inducida por la impotencia. La ira retozó como un concierto de mil violines y pianos. La noche se quedó sin estrellas, las estrellas sin brillo, el brillo sin luz, la luz en oscuridad; y en ésta, mi corazón sin latir, y mi alma, en el más absoluto estado primate de mortificación. De modo que cuando estuve sola, conmigo, me ardí en remordimientos. Estaba furiosa, dolida. Quería verle, abrazarlo. Yo tenía el derecho de mirar su carita tierna y dulce, sabiendo que ésta sería la última vez que lo haría. Volver a besar con lágrimas su piel suave y acariciarle con palabras su cabello rubio. Ni lo subieron para que yo lo viera, ni hasta él me llevaron para despedirme. Me arrimaron hasta el gran ventanal, cuando el coche fúnebre vino a buscarle. Pero dada la altura que tenía la abertura en relación con la cama, impidió que mire el pequeño féretro que, en su interior, llevaba a mi chiquito y pequeño hijo inocente mío.
   De preguntárseme cuál sería el día más triste no dudaría en decir “Éste, y el que le siguió”. Especialmente el siguiente, por la tarde, cuando cada doblar de campanas terminaron de apuñalar mi espíritu, casi hasta enloquecerme.
   Y ya algo de mí, con él ahí también se fue.
    ¿Se entiende ahora por qué el enojo con Dios? ¿Cómo puede ser qué alguien que creó la vida, incluído el bien y el mal, no haya usado el sentido común? Al menos que éste sea el legado del que nos lo facultó para que se revele tal misterio. Si eso es lo que espera, ¡pobre de Él y del eterno devenir!. Sobre todo cuando las escaleras sólo cumplen dos funciones; te suben o te bajan, te llevan o te traen, se está arriba o bajo, pero jamás se puede estar en los dos lugares al mismo tiempo. Y aunque se lo intente será inverosímil.
   Y allí para siempre quedaron aquellos zapatos andados, como en carne, el dolor.

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