lunes, 7 de noviembre de 2011

Parir




 Por: José Silva


   No hay ausencia que duela más que la de un hijo. No hay dolor más agudo y eterno cuando no trasciende su permanencia, dije no sé cuántas veces y por cuantas veces más volvería a decirlas.

   Y es verdad y es libertad. No está y está. No es y es. Solamente ella podía a otras Marías entenderlas. Sólo en la desgracia propia y el propio silencio puede entenderlo, sin dudar ni temer, cuando se está cerca del infierno. Cuando sé es, primos hermanos del miedo.

   Porque el que sufre sólo comprende lo que ha sufrido, y sufrido se compadece del que sufre. Amar es doloroso, pero más doloroso es parir dolor. Y yo alumbré, di a luz, procreé, traje al mundo, creé, produje, inventé; ¿de qué sirve si es que sirve servir: aceptar partir ó permitirle a Dios repartir? Nada de lo que de Él provenga a mí me extraña, cuando a la Madre de su Primogénito; su propio hijo le arrebató. Y no le guardo rencor, porque en definitiva, es Él quien a nosotras, nos debe respeto y explicación. ¡Porque nunca podrá definirse con una palabra, todo el dolor que la muerte de un hijo causa!  

   Y yo tenía razón, porque en todo vocabulario habido y por haber, no estuvo ni lo estará, jamás. Porque es ininteligible. Es signo, y signo no tiene antónimos, ni parónimos; sólo de sinónimos, está echo. Y lo echo, hecho será. Será, tal como escrito ya lo está.

   Es posible que lo dicho anteriormente sea un viejo resentimiento que salió de mí con una naturaleza que, ahora al leerlo: -¡Vaya! –digo-. Me desconozco. Asimismo no me retracto. De suceder volvería a decirlo. Tal vez no ya con las mismas palabras y el mismo tono, pero repito: lo haría sí. Después de todo, ¿para qué sirve la redención si no para ser disculpado? Claro está que no todos estamos dispuestos a usarlo o a aceptarlas. Mucho depende de los momentos y de quiénes.

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