Si pensamos en los distintos conceptos que tiene la
palabra suelo, podremos decir que hay muchos y variados. Podemos designar
así a la superficie de la corteza terrestre, a la superficie sobre la que
se pisa, generalmente plana y cubierta con algún material, al terreno que
se destina a la construcción de edificios, al territorio de un país ó la
superficie inferior sobre la que se apoyan algunas cosas.
Intuitivamente podemos
sentir que el suelo convive con nosotros desde que nacemos, nos alimenta.
Estuvo, está y estará… ¿Estará?
Ponemos semillas y sacamos alimentos en un ciclo sin fin. Pero ese recurso donde las semillas se transforman en plantas que nos alimentan se forma y obtiene sus propiedades en un proceso muy lento, que puede durar miles de años.
El suelo nos sirve, pero para que esto se de, nosotros tenemos que servir al suelo. ¿Cómo podemos servir al suelo? ¿Dejando de obtener nuestros alimentos produciendo menos, o produciendo con inteligencia?
Claro, muchos dirán que el suelo nunca desaparecerá, el
que pisamos, en donde levantamos edificios, el que nos da materiales de
construcción… ¿Y el que nos alimenta? ¡La tierra nos alimentó durante
siglos y antes que a nosotros a nuestros antepasados en la evolución!
¡¿Cómo puede desaparecer?!
Ponemos semillas y sacamos alimentos en un ciclo sin fin. Pero ese recurso donde las semillas se transforman en plantas que nos alimentan se forma y obtiene sus propiedades en un proceso muy lento, que puede durar miles de años.
Hasta hace unos 15.000 años, el hombre, era cazador y
recolector y estaba en armonía con el medio ambiente. Luego se produjo un
salto evolutivo y se hizo agricultor. Es en este punto cuando comienzan
los problemas para el suelo, y también para la humanidad.
El Dr. Fernando Andrade, investigador de
la Unidad Integrada Balcarce, en su libro La
tecnología y la
Producción Agrícola: El Pasado y los Nuevos Desafíos, describe
“la actividad agrícola, que le permitió al hombre asentarse en un
lugar, comenzó a generar efectos negativos sobre el ambiente. La erosión y
degradación del suelo por deforestación y laboreo excesivo, la pérdida de
nutrientes del suelo, la contaminación con biocidas que afectan a los
vertebrados e insectos benéficos, la pérdida de biodiversidad, la
acumulación de nitratos y otros productos químicos en las napas, las
pérdidas de tierra agrícola por salinización, el agotamiento de las
fuentes de agua y, en suma, la pérdida de servicios
ecosistémicos…”
Pero, ¿está todo perdido? Podemos decir que sí…, o
podemos pensar y evolucionar, avanzar al
próximo nivel.
Andrade apunta “alcanzar la meta de una
producción agrícola sustentable requerirá de esfuerzos integrados de
especialistas de distintas disciplinas. Además, el incremento de la
producción no sólo debe ser considerado como un aumento en el uso de
insumos, sino que deberá incluir como factor preponderante las tecnologías
de procesos y de conocimientos…”
Esfuerzos integrados, especialistas de distintas
disciplinas, las tecnologías de procesos…, ¡el conocimiento! Conceptos que
hablan de unirnos, consensuar y pensar. Recapacitar cómo se puede hacer
para que la necesidad de alimentarnos se vea satisfecha y, a su vez, no
alteremos nuestro medio ambiente.
El Dr. Gustavo Tito, del Instituto para
la Pequeña Agricultura Familiar, propone “la tecnología de altos
insumos no da lugar a las diversidades. Por eso hablo de un paradigma
emergente
que consiste en
plantear una tecnología más apropiada, apropiable, de procesos. Los
paradigmas emergentes vinculados a la agrobiodiversidad son más complejos,
más regulados pero también más estables”. Y plantea “las
tecnologías apropiadas y apropiables se construyen como paradigma
emergente en negociación con el paradigma dominante, y de esta relación
dialéctica emerge una teoría cuya reflexión es la práctica. En términos
ambientales, económicos, simbólicos son muchos los servicios que puede
generar este enfoque: Servicio de la producción de alimentos sanos para el
autoconsumo familiar, la población local, el mercado interno, y la
exportación fuera de la región. Servicio de la ocupación territorial y el
arraigo rural, como rol estratégico. Servicio de generación oportunidades
de trabajo. Servicio de la preservación de la agrobiodiversidad, del
ambiente y de la identidad cultural”.
El suelo nos sirve, pero para que esto se de, nosotros tenemos que servir al suelo. ¿Cómo podemos servir al suelo? ¿Dejando de obtener nuestros alimentos produciendo menos, o produciendo con inteligencia?
La respuesta nos la brinda el Dr.
Andrade en la conclusión de su libro “podemos lograr los
objetivos de satisfacer la demanda futura de productos agrícolas y de
alcanzar un mundo sustentable, basados en nuestra capacidad creativa e
innovadora y en la consolidación del reinado de la mente como producto de
un largo proceso de evolución humana. El gran interrogante es si queremos
hacerlo. Hacer ciencia y tecnología forma parte de nuestra naturaleza, es
humano, no podemos volver atrás.
Frente a este magnífico potencial tecnológico inherente a nuestra especie, más grande es nuestra culpa por el hambre, la pobreza y la degradación ambiental que hoy experimentamos. Debemos lograr que los beneficios derivados de la capacidad de innovar y crear sean para todos y perdurables. Debemos lograrlo por los que comenzaron a tallar la piedra y controlaron el fuego, por los primeros agricultores, por los tantos que se han sacrificado y esforzado por un mundo mejor y sobre todo, por los futuros habitantes de la Tierra”.
Frente a este magnífico potencial tecnológico inherente a nuestra especie, más grande es nuestra culpa por el hambre, la pobreza y la degradación ambiental que hoy experimentamos. Debemos lograr que los beneficios derivados de la capacidad de innovar y crear sean para todos y perdurables. Debemos lograrlo por los que comenzaron a tallar la piedra y controlaron el fuego, por los primeros agricultores, por los tantos que se han sacrificado y esforzado por un mundo mejor y sobre todo, por los futuros habitantes de la Tierra”.
Este camino transitó el Dr. Hugh Hammond
Bennet, investigador estadounidense que trabajó constantemente en
busca de la preservación de la integridad del recurso natural suelo, cuya
importancia es vital para la producción agropecuaria. En memoria de este
precursor es que el 7 de julio, conmemorando su muerte,
se celebra el Día Nacional de la Conservación del Suelo,
establecido en 1963 por decreto de la Presidencia de la Nación.
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