Por: Juan Carlos Mortati
Sobre Hugo Chaves Frías, en estos días se
de ha dicho literalmente todo. Propios y adversarios penetraron todos los
medios posibles para expresar desde el más emblemático y sentido encomio hasta
el improperio más deleznable. Me reservo una frase, dicha en cierta oportunidad
por el mismo Chaves: “el proceso es mayor que el individuo”, y esta expresión
no está citada para cumplir con una adornada retórica, para quedar bien con
las circunstancias. Considero que es
válida desde un punto de partida necesario y sin aprehensiones desde el cual
comprender el devenir de este tiempo del que son partícipes muchos países de
este lugar del mundo: la revitalización de un genuino pensamiento
latinoamericano.
Para
avanzar sin tropiezos innecesarios en
este análisis hay que dejar de lado la idea de una izquierda puramente
dogmática y un progresismo adusto y cerrado ya que, “resulta paradójico que el
pensamiento de parte de la izquierda y el progresismo, que por definición
debería ser abierto, creativo y desestructurado, sea todo lo contrario,
dogmático, ortodoxo y cerrado y, por lo tanto, muy limitado para participar en
procesos reales de transformación, por lo que terminan quedándose a un costado
de la historia a la espera de su improbable mesías divino, perfecto y supremo.”
EL SUEÑO LATINOAMERICANISTA
Las luchas y los triunfos en estos
territorios del Cono Sur desarrolladas en el siglo Diecinueve representaron la
independencia de un tipo de coloniaje, el que dejó “las venas abiertas de
América latina”, como lo reseña con plena crudeza en su libro homónimo el
escritor uruguayo Eduardo Galeano. Sin embargo, por los intersticios económicos
y culturales se fue colando otro coloniaje, otra dependencia, más moderna y
sutil pero imperialista al fin.
En esa
puja por recuperar aquel paradigma sanmartiniano-bolivariano, de restablecer
una herencia histórica independentista -que podemos ubicarla ya a fines de
aquel lejano1700-, en nuestra contemporaneidad, a las puertas del nuevo milenio
del 2000, “Chávez fue el primero de un fenómeno que se extendió casi
inmediatamente en América latina con Néstor y Cristina Kirchner en Argentina,
Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador, Lula y Dilma Rousseff en
Brasil, Pepe Mujica en Uruguay y, mientras duró, Fernando Lugo en Paraguay. Son
procesos de apertura, lo cual implica grandes espacios de debate. Es un planeta
diferente al de treinta años atrás. Con contextos mundiales y tecnológicos
esencialmente diferentes, las herramientas tienen que ser también
necesariamente nuevas, lo cual deja grandes espacios para avanzar y riesgos
para la equivocación. Esos gobiernos enfrentan esos desafíos más las olas
reaccionarias que tienen gran poder y no cambian.”
Ese
cambio que transitó la geopolítica en lo económico, en lo social, en la
apreciación de lo cultural, se manifestó en una universalidad que se ha venido
a convocar como “un cambio de época”, donde se amplió el escenario de
participantes desde un fenómeno social de mayor inclusión, sustentado en el
rescate del sentido de lo nacional, de
lo individual como planteo de incorporación de más sujetos de derecho y con una visión del sentido colectivo, desde
el cual dar empuje a una identidad revalorizada en la pertenencia genuina de lo
popular, que significa ese amplio marco
de valoraciones donde la dignidad humana establece un grueso trazo de igualdad,
tanta veces borroneado. Para esto fue necesario reparar las bases y estructuras
de un proceso de economía política que replanteó nuevos intereses y nuevos
objetivos, los propios, los internos y también los regionales. Esta integración
estableció una estrategia distinta para afrontar los desafíos lógicos que
habría de enfrentar. Por eso, una de las enseñanzas más importantes que deja el
paso airoso de Chávez por América latina es el de una de sus consignas
preferidas: “O inventamos o fracasamos”, frase manifestada en su tiempo por
Simón Bolívar.
EL RECAMBIO Y LA CONTINUIDAD
“La importancia de Chávez es que
rompió la hegemonía neoliberal en el mundo y tras ello fue el primero en poner
sobre la mesa experiencias sociales donde la economía estuviera al servicio de
la comunidad y no al revés. Tras el derrumbe de los llamados socialismos reales
y las impotencias socialdemócratas, lo que se abrió fue un futuro incierto, de
caminos inexplorados, sin el paraguas de las viejas certezas y los antiguos
paradigmas.”
Había que avanzar desde la reparación de necesidades sociales desdeñadas
y de toma de decisiones substancialmente contundentes. Tiempo de demanda social
impostergable y soluciones técnicamente
vigentes, que urgía profundizar en la realidad a través del riesgoso
terreno de la puja con altos intereses largamente enquistados en los espacios aglutinados por las diversidades del
poder económico.
Hugo Chaves inició ese camino como un pionero extraño, no sólo en
Venezuela. Su impronta transitó, a veces temida otras tantas polemizadas, la innovadora
amplitud de lo que hoy constituye la
Unasur y la
Celac, siglas emblemáticas de un cambio que se hizo cuerpo en
el territorio que constituye la realidad latinoamericana. “La ausencia de
Chaves ya produce un vacío impresionante” e instala a lo ancho de la región la
incógnita de la continuidad de esa intensa lucha.
Ha sido un largo adiós, prolongado
en el dolor del pueblo venezolano, perdurable en muchos millones más en la
necesidad de conciliar el vetusto y paradigmático
proyecto latinoamericano.
Material de
consulta “O inventamos o fracasamos”, de Luis Brustein

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