jueves, 13 de septiembre de 2012

"Juvenilla", votar a los 16


Por: Juan Carlos Mortati


       La posibilidad de la inclusión en el circuito electoral a una franja etaria que cubre desde los 16 a los 18 años de edad abrió un nuevo escenario de debate. Enriquecedor, sin lugar a dudas, pues se ampliará el espacio de consensos, junto a los varios proyectos parecidos que estaban ingresados en la agenda parlamentaria, desde la iniciativa de otras fuerzas políticas. El planteo oficialista en este caso actuará de movilizador de todas las  propuestas existentes. Si es el momento oportuno?, podríamos responder que las movidas electorales son cada dos años. La próxima  abarcará al sector legislativo, y puede significar una buena oportunidad de efectivizar la idea.
   Las posturas en contra de la medida representarán una intensa y rica instancia para profundizar los argumentos y contenidos que sostienen la inmediatez del proyecto. Como toda medida innovadora merece su contextualización y un análisis de todos los aspectos en pro o en contra de la misma.

 EL MUNDO PERSONAL Y EL PARADIGMA DE EPOCA
   La edad a la que nos referimos es el tiempo donde comenzamos a definir los primeros pasos del proyecto de vida de cada uno, las primeras visualizaciones de nuestro porvenir, donde comienzan a desarrollarse las ideas y los puntos de vista sobre las realidades de la vida. Los iniciales posicionamientos ante lo que nos circunda y ante los demás. Es la etapa  en que comienzan a bosquejarse  las decisiones y preferencias clave, el mundo donde aparecen con perfiles más nítidos nuestra personalidad y la conciencia de nuestra subjetividad, como percepción de nuestra individualidad y su dinámica en el espacio social. Es un claro tiempo de opciones. Cuanto más sustento entonces, posee la oportunidad de decidir sobre un modelo de sociedad que sustente nuestros ideales y donde se desea concretar ese proyecto de vida,  personal y abierto a lo colectivo,  en toda su dimensión.

  Hace ya un tiempo que el universo socio-político comenzó a poblarse de voces más jóvenes. Un proyecto de construcción de lo nacional emergió con una renovada intensidad sobre el horizonte con la idea de ampliar la participación y la inclusión, para todos quienes convivimos en esta Argentina. Hubo un  especial llamado  para acrecentar el territorio de las conciencias individuales en un escenario colectivo, compuesto de nuevos compromisos y auspiciantes realidades. Existió una  convocatoria, vociferada de sentimientos e ideales, a ser parte de una experiencia que empezaba a tener sentido, que no era utópica, que salpicaba intensas  realidades constantemente, que difundía invitaciones a integrarse desde roles indispensables, propios e insustituibles. Aparecieron nuevos íconos reflejando eternas realidades que ahora salían de su ocultamiento. Habían estado ahí, pero  ahora se las volvía convocar como esenciales. No eran exitismos oportunistas, sino triunfos ya consolidados que buscaban salir de su repliegue, de su sueño,  para transformarse en vocaciones activas, surgentes, puras, reconfortantes. Representaban una universalidad aggiornada, prefigurada en anticipos, que urgidos de realizaciones iban ejecutando su réplica por todas partes, singular y comunitariamente al mismo tiempo, de una manera individual y participativa, quizá, la contemporánea encarnación de aquel “subsuelo de la patria sublevado”, memorizando la alegórica frase de don Raul Scalabrini Ortiz. Hoy diríamos, los invitados al bienvenido paradigma de la época. Los nuevos convocados, con los 16 “abriles” flamantes en su DNI.

CALCULOS Y CONJETURAS
   Estos hechos tienen su interpretación colectiva y una sobre-lectura, imposible de destructurar de una comprensión alejada de la realidad y su contexto social, “porque esta discusión es imposible fuera de ese marco. Los procesos de inclusión y ampliación de derechos se dan en el territorio de la política que es donde se encuentra la fuerza para concretarlos. Hablar en términos abstractos de justicia y derechos es imposible. El solo hecho de intentarlo tiene un efecto reaccionario en contra de esos derechos. Y las políticas miden su progresividad, menos por la enumeración programática que por la medida en que son capaces de reunir una masa crítica suficiente para concretar esas transformaciones”, así comenta en una nota resiente el periodista Luis Bruschtein.
    La nota periodística ingresa de pleno en la apreciación electoral  del tema, expresando, “en ese sentido, el que impulsa el voto a los 16 años tiene también un interés político, como lo tienen los que están en contra. Pero de allí a denunciar que en ese voto se juega la posibilidad de una potencial re-reelección de la Presidenta es merecedor de un cero en matemáticas. El universo de jóvenes entre los 16 y los 18 años es de un millón y medio, dos millones, de los que seguramente votarían muy pocos, y muchos menos en esta primera vez. De ese universo podría decirse, con toda la furia, que votará menos de la cuarta parte (seguramente será mucho menos todavía) con lo cual, aun cuando todos votaran al mismo candidato, no le sumarían más de un punto y fracción. O sea: no definen ninguna elección”.
    Ante una oposición desconcertada, sin fortaleza ideológica, que sigue sin interpretar los signos de los tiempos, aprisionada por una agenda esquisofrénica y nerviosa que le proveen los medios, el Gobierno volvió a tomar la delantera y la iniciativa en el terreno de las decisiones políticas. Cuando en su Campamento de El Plumerillo, José Francisco de San Martin, les habló a su gente, desprovista de pertrechos y limitada de recursos, diciéndole “…y si es necesario enfrentaremos al enemigo en pelotas”, no estaba expresando una arenga impregnada de humor y ocurrencia, les estaba hablando de la gran prioridad por la que estaban ahí. Esos hombres comprendieron bien el mensaje.
  La invitación voluntaria a los jóvenes a expresar sus sueños de una sociedad posible y cada vez mejor, desde el voto electoral a partir de los 16 años, se abre una convocatoria generacional. Quizá represente el capítulo complementario de aquella obra estupenda, “Juvenilla” que escribiera Miguel Cané, “No he conseguido por cierto ni aún acercarme a mi ideal, pero estoy contento de mi esfuerzo, porque si no lo he encontrado, por lo menos he buscado el buen camino”.

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