Nació en el Tigre, Provincia de
Buenos Aires, el 11 de febrero de 1930. Su infancia transcurrió inicialmente en
el Delta, luego en Capilla del Señor (Córdoba) y más tarde en el barrio de
Congreso, de Capital Federal. Hacia 1950 definió su vocación por la plástica
estudiando en el taller de Emilio Pettoruti. Atrae su interés la pintura de
Lino Enea Spilimbergo y los muralistas mejicanos. En la plástica puso la pasión
de su vida, aunque también le preocupó “La Revolución”. Se enamoró
de Doris Halpin, su compañera de toda la vida y colaboradora en su labor
artística. Sus primeras obras de los años 1956 y 1957 llevaban por título
“Pescadores” y “Desocupados”, en plena resistencia peronista.
La
temática social y la forma vanguardista se aúnan en su primera exposición. Pero
no se trató de la habitual plástica de la izquierda, ni del realismo
socialista. Recreó a los trabajadores tal cual los sentía, ampliando sus
dimensiones, acentuando su combatividad, deformando su figura -con ayuda del
cubismo y el expresionismo- impregnando a la imagen un sentido colectivo
amenazante. En 1959 integró el grupo “Espartaco” junto a sus compañeros Juan
Manuel Sánchez, Mario Mollari, Esprilo Butte, Carlos Sessano, Juana Elena Diz y
Pascual Di Bianco. El grupo lanzó su manifiesto, redactado por Carpani, y
embistió contra el “coloniaje cultural y artístico”, producto de la sumisión
del país al imperialismo y al control que “la oligarquía ejerce sobre los
principales resortes de nuestra cultura, con su mentalidad extranjerizante,
despreciativa de todo lo genuinamente nacional y popular”. El arte
revolucionario debe surgir como expresión monumental y pública. En 1964,
participó de la creación del grupo “Cóndor”, con Hernández Arregui y Rodolfo
Ortega Peña entre otros. Carpani acompañó la lucha de los trabajadores desde la
resistencia y el Cordobazo en mayo de 1969. En todo ese período, el artista, se
fue haciendo cada vez más conocido por el pueblo y sus afiches acompañaron las
luchas populares en varios países latinoamericanos. Sin embargo siguió siendo
un “maldito”, para los premios, los salones oficiales, las galerías de arte,
las cátedras, “He sido marginado como consecuencia directa de mi militancia…,
de poner los dedos en la llaga”.
Al
producirse el golpe militar del 24 de marzo de 1976, se encontraba exponiendo
en Europa y decidió no regresar. Allí permaneció exiliado varios años dando a
conocer su obra e incursionando en nuevos
temas: el del porteño de los años treinta, el del mundo del tango. Sus hombres
colosales, de manos gigantes, no protagonizaban ya grandes huelgas, sino que
permanecían en profunda introspección, perseguidos, angustiados, desconcertados
por la derrota. A su regreso con la democracia Carpani incorporó el color a sus
obras y colocó al hombre que está solo y espera en una selva como símbolo de un
capitalismo salvaje que imponía la flexibilización laboral y la desocupación de
los trabajadores. Son “hombres en la jungla”, entregados a “la ilusión, la
duda, la esperanza”.
A su
vuelta el clima del país es todavía de temor por el genocidio reciente, pero la
circunstancia de que su obra haya sido reconocida en Europa, le permitió
quebrar la marginación. Asimismo, el reconocimiento que ya le ha hecho el
pueblo latinoamericano es seguido por una invitación desde New York para
realizar un mural con el rostro del Che. Poco más tarde, ya preso del cáncer,
afirmó: “si tuviera que volver a vivir mi vida elegiría el mismo camino de
lucha… Sin ningún tipo de concesión; sin haberle chupado las medias a nadie,
alcancé el reconocimiento que ahora tengo”. El 9 de septiembre de 1997 falleció
en Buenos Aires uno de los más grandes plásticos de América Latina. Al
cumplirse el 15º Aniversario de su fallecimiento, la Dirección de Cultura y
Educación, recuerda y evoca su trascendente figura en el Arte de nuestro país.

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